• UN DÍA DE UN TRIATLETA EN SUDÁFRICA


    Puntual, la alarma no falla a su cita. 5:30. Otra vez cuando soñaba profundo. Mi cuerpo no se quiere acostumbrar a estos horarios. Los músculos también se quejan. Siento los efectos del completo día de ayer solo con estirarme. Richard y yo intercambiamos ánimos para desperezarnos, pero a mí lo que me motiva es acordarme del desayuno. 

    Una naranja es el comienzo del placentero ritual. Luego vendrá leche con müesli y tostadas. Sin prisas. Nos cambiamos, la bicicleta es la primera sesión del día. Comprobamos que todo está en orden. Dos bidones de agua en la bici. Un neumático de recambio, dinero y algo de comida en los bolsillos. Antes de salir, otro ritual: diez minutos de ejercicios de propiocepción para recordar a mi cuerpo como debe pisar y colocarse.

    Un par de calles después, nos reunimos con la grupeta de hoy. James Cunama, Jan Frodeno, Richard Murray y yo. Salimos a tiempo de poder llamar vago al Sol, que minutos después nos deleita con otro espectacular amanecer abriéndose paso entre las montañas. Sus primeros rayos nos advierten de que será otro día caluroso. Entre tanto, las piernas trabajan en silencio. Las quejas tras las sesiones de ayer hace tiempo que cesaron. O al menos hace tiempo que las ignoro.

    La salida es tranquila, pero el viento y las continuas ondulaciones del terreno aportan la dureza. Tras escapar del tráfico y de las bulliciosas calles de algún pueblo, nos adentramos en las montañas. Carreteras solitarias que nos transportan a plena naturaleza. Admirable belleza. Pero el asfalto se empina, subimos alguna corona más e intentamos no retorcernos mucho. Ahora sí que tengo que mandar callar a las piernas. -"¡Seréis quejicas!"- Tras toda subida, descenso. Las vistas del valle de Stellenbosch son un regalo que disfrutamos como podemos a más de 70km/h. El viento a favor nos ayuda en esta última media hora. Nos despedimos de la grupeta tras 2h30´en nuestras piernas.

    Llegamos a nuestro apartamento. Un plátano, y por qué no, una tostada con mantequilla de cacahuete. Cambiamos maillot y culote por pantalón de correr. Son las 9:00, pero los 35ºC nos aconsejan dejar la camiseta en casa. Imposible no sentirse vago. Venga, solo son 35´en transición. Volvemos a callejear por donde habíamos pasado hace unas horas. Ahora algo más despacio. Una pequeña vuelta alrededor del complejo deportivo. Es solo un trote, pero no paramos de sudar. Volvemos buscando sombra en el paseo paralelo al río. Al volver a entrar en el apartamento, Richard y yo nos chocamos los puños como señal de haber cumplido. -"Well done, bro"-

    Que no falte la música. Una manzana. Una ducha, la primera del día. Me relajo mientras navego por Internet. No mucho tiempo, el hambre apreta. Unas tostadas con huevo, queso y champiñones. Extraña mezcla, la nevera ya no guarda demasiados víveres. Ya mañana vamos al supermercado. Hoy volvemos a estar perezosos.

    12:30´. Justo cuando el cuerpo se amodorra, llega la hora del agua. Sigue siendo posiblemente la disciplina más aburrida, pero los largos se hacen algo más amenos aquí. Piscina descubierta con vistas a la montaña. El menú del día es algo repetitivo últimamente: otros 5000m. Series largas a ritmo cómodo que prueban nuestra paciencia y algo de velocidad para seguir ágiles. El Sol africano nos tatúa las gafas de natación, señal de que estas semanas visitamos a diario la piscina.

    Por tercera vez esta mañana, giramos la llave de nuestra habitación. Hacer de comer cuando estás hambriento siempre es gracioso. Pan para acompañar unos noodles con pavo. Pero entre medias cogemos lo que tenemos por delante: un plátano y cacahuetes.

    Siesta. Nunca fui un gran seguidor de tan española costumbre. Aquí reconozco que se vuelve rutina indispensable para partir un poco la jornada. Un nuevo “buenos días” son las primeras palabras con Richard tras despertarnos. Un poco de lectura y algo de estudio de inglés copan los minutos antes de volver a cambiarnos. Pantalón y zapatillas de correr para afrontar la última sesión del día.

    Despacio. Trotamos con una fatiga que nos va abandonando poco a poco. Una hora de carrera mudando un poco la ruta. Esta vez exploramos alguna de las montañas de Stellenbosch. Para conocerlas bien, y trabajar la fuerza, varias series en cuesta. Saber que es la última sudada de la jornada, nos ayuda a engañar un poco mejor a la cabeza para exprimirse. La satisfacción mientras volvemos, reventados, es indescriptible. El sol poniéndose es un ingrediente más de nuestro clímax por el trabajo realizado.

    Muchos macarrones con mucho pollo y verduras, es nuestra cena. Antes habíamos estirado para relejar los músculos. Hoy se lo han ganado. Y previamente habíamos saltado a la ducha, por tercera vez en este largo día. Internet para no desconectarnos del mundo, y unas páginas de lectura antes de conciliar el sueño. Hoy ha sido otro buen día en Stellenbosch, un día de un triatleta que intenta hacerse profesional a 9000km de casa.
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    José es mucho más que un entrenador. Lo que se suele decir un consejero, un padre, un amigo. Además de conocer como nadie sobre el entrenamiento y el rendimiento, su punto especial es el día a sía a su lado. Una mirada es suficiente para que sepa lo que estás viviendo y lo que necesitas. Es un orgullo poder seguir creciendo a su lado.

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